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Y ahí estabas, frente a todos.
Yo veía con cuidado tus labios hablar sin importar lo que decías.
Son tus labios tan bien formados, que me es inevitable imaginar de todo con ellos: desde verlos hablar de ciencia, hasta las perversiones que sé, también piensas de mi. O mejor aún, callarlos con un suave toque de mi lengua, verlos buscando otros labios, tanteando una piel morena, husmeando en rincones húmedos, amargos, rinconeras de mariposas o ratones rabiosos.
Imaginé cómo de ese hueco delineado salía una sanguijuela hambrienta, ansiosa de beber un poco se sangre viscosa, pero aún tibia. Un bicho voraz que no espera a que su víctima escurra de la herida; se escabulle cínica hasta tocar la superficie, en su parte más sensible y entonces, clava... y penetra profundo y succiona, extrae, vacía y al final, después de haber bebido casi todo, tiene el descaro de todavía lamer, para no desperdiciar ni siquiera un poco.
Vi unos ojos, unos que al cruzar mi mirada incesante, conectaban silenciosamente. Nadie debía darse cuenta de esa comunicación sin palabras ni gestos. Y debo confesar que eso me exitaba, incluso ahora que lo plasmo y lo recuerdo, me llena de consquilleos promiscuos.
Su mirada es tan fuerte, que cuando dirigía sus pupilas hacía mí, todos los demás se congelaban. Podía ver como con sus ojos me desnudaba, me veía ahí sentada sin nada. Me quitaba hasta el más sencillo listón, excepto esos zapatos altos. Los que siempre que se lo voy a ver, elijo con especial dedicación. En ese momento, mientras todos ven al frente atentos e ingenuos, yo me vuelvo transparente, invisible, imperceptible; me quedo tan solo con esos 15 centímetros de más punteando mis talones, los dedos de los pies soportando mis 52 kilos de masa corporal al natural. Y de pie, ahí nada más, inclino mi tronco hacia el frente y coloco mis codos sobre el respaldo del sillón que me da su espalda. Mientras recargo mi barbilla sobre las palmas de mis manos frías, posiciono mi culo inquieto hacia atrás, levantándolo descarada y bajando la cabeza suficientemente para dejar ver, desde tu posición, mi espalda semi completa: anunciándo y encaminando tus deseos.
Desde donde estás vez casi todo: mis ojos, mi boca, mi lengua provocándote, mi cabello cayendo alrededor de mi cuello, mis brazos enmarcando triangularmente mis senos prendidos, mi culo invitándote a tomarlo con las dos manos, mi espalda con su surco, ese que siempre se antoja como canaleta de tus aguas. Y el sillón, ese que aunque parezca no estorba, me juega el papel de telón de la escena. Ese que cuando se levante, dejará ver la obra maestra completa.
Ese sillón es mi aliado. Cansada de ondear mis caderas a tus mares, me voy rodeando el sillón: de sus espaldas, a sus cojines confortables en los que me siento. Ahora, aún más cerca de ti, puedo quedarme a la orilla de su asiento, quedando apenas una parte de mis nalgas marcadas en la piel de su superficie. Aprovechando mi ubicación, abro las piernas como muchachito.
- "Cierra las piernas pinche escuincla. Pareces un muchacho" - Me decía mi madre.
La delicadeza rosada de las niñas y mi género, nunca me favorecieron. Tosca, bruta, gritona, silvestre. Así de fácil, sólo las abrí. Te mostraba lo que te desesperabas por tener. Abre y cierra, cierra y aprieta, cruza las piernas y muérdete los labios. ¿Ves cómo escurre?
Escurres, te derrites, veo como te mojas. Te vienes en sudor.
- "Un minuto, ya vengo" - Dices mientras vas al baño.
Imagino lo que fuiste a hacer. Tenías que vaciar ... o llenar el frasco.
Y mientras tu me ves a través del espejo, yo te miro sobre la orilla de esta mesa, poniendo a remojar las yemas de mis dedos para después lamer la miel que los arruga.
Ustedes sigan, atentos, viéndolo hablar y escuchándolo posar; que mientras tanto, él y yo podemos continuar comiéndonos.
... Remojando mis barbas en mieles de hormigas y granos de arroz
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